María, tras acudir al médico a una simple revisión anual, descubrió que sufría de enfermedad neuromotora progresiva. Esta consistia en que las neuronas motoras, encargadas de controlar la actividad muscular voluntaria, son destruidas
María decidió esconder a su familia el diagnóstico que le habían dado, pues no quería generar ningún tipo de preocupaciones y deseaba aprovechar al máximo el tiempo que le quedaba.
Con el tiempo, su enfermedad progresaba y era más notoria. Sus músculos no funcionaban adecuadamente y se habían ido debilitando gradualmente. cada vez los tics, en diferentes partes de su cuerpo empezaron a hacerse más frecuentes.
María sabía que su estado iba empeorando, y que lo que seguía era mucho peor, pues existía la posibilidad de perder la capacidad de controlar movimientos voluntarios, así como hablar, caminar, respirar, tragar.
Su esposo ya estaba notando algo extraño, así que María decidió comunicar a su familia, les dijo que en poco tiempo se convertiría en una carga, no podría hacer nada por sí misma, y que por eso no valdría la pena vivir, por tanto había decidido practicar la eutanasia.
Su familia se negó, le dijo que pensara diferente y que ellos estarían allí incondicionalmente.
El dilema de María era decidir si inyectarse una sustancia letal y morir sin dolor o hacer caso a su famlia y vivir con la enfermedad.
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